La teoría de los seis grados del caos

Written on 4:20 by Zemo

La teoría de los seis grados de separación trata de explicar de una forma estadística que el mundo es un pañuelo. Se trata de usar términos lógicos para definir como una persona puede estar en contacto con otra, sin conocerla, pasando por una persona que conoce a otra, hasta seis veces. Obviamente hay casos en los que dicha estadística se eleva hasta tal punto de que no son seis grados si no que pueden llegar a ser veintisiete o más, pero la mayoría de ellos se ciñen a sólo seis. Una manera de comprender hasta que punto estamos conectados en el mundo actual.


La teoría del caos intenta contarnos como se comportan los sistemas dinámicos en los campos de la física y las matemáticas, englobados en estables, inestables y caóticos. Pero podemos optar para esta entrada en un sentido más filosófico que implca el ejemplo que todos conocemos de la mariposa que aletea y provoca un hucarán al otro lado del mundo.



Si unimos ambas teorías llegamos a la conclusión exacta, demostrable e inexorable de que todas y cada una de las acciones de personas con las que tengamos una relación (directa o no, pero relación en los múltiples términos que pueda tener dicha palabra en cada contexto), inciden en nosotros y en nuestro desarrollo diario. Esa relación puede ser cotidiana y mimada o impactante e impredicible debido a como alguien entra en nuestras vidas. Situando un ejemplo claro podríamos hablar de acabar atropellados por una tercera persona desconocida pero que nos cambia la vida (o nos la quita) por su mala actitud ante el volante.

En el primero de los casos, pese a que no le conozca personalmente, se esconde un genio que Dios sabe de qué lámpara surgió. Pero le debo muchas carcajadas, meditaciones y una perspectiva del día a día que reconozco gracias a él. Se llama Woody Allen.

Existen momentos en la vida en los que de alguna extraña manera espiritual necesitas una película. Cuando vives o has vivido una situación personal que tienes que encajar de una manera racional pero la cual no sabes siquiera componer el enorme rompecabezas del que formas parte. O simplemente, y dado que como dije hace dos posts, nacemos, nos educamos y nos especializamos mediante simple repetición, necesitamos que alguien que ha pasado por lo mismo que nosotros nos hable desde su experiencia sin necesidad de adoctrinarnos. Donde ciertas personas conectan con nosotros de una forma más profunda de lo que, increíblemente, no pueda hacer nadie a tu alrededor.

Hace un tiempo que buscaba ver Annie Hall y no la tenía descargada por desgracia. Así que, entre la famosa y extensa filmografía del director neoyorquino, me decanté por otra de sus grandes películas: Hanna y sus hermanas. La había visto hace demasiado, no recordaba la inmensa mayoría de detalles salvo un par de escenas que ya había refrescado tiempo atrás en Youtube, así que me dispuse a verla de madrugada hasta hace bien poco.



Increíble. La película es brillante a varios niveles, entre los que hay que destacar los ya obvios (actuación de Woody Allen y geniales diálogos tan reales que asustan) y el impecable papel de Michael Cane, sobrio pero desesperado y una de las piedras angulares sobre las que se sustenta la película. Pero lo mejor de todo es como con una cotidianidad exageradamente real, una demasiado melancólica banda sonora de piano y unos personajes en su mayoría abocetados con simples diálogos y alguna voz en off, desnuda cierta realidad que siempre permanecerá ahí, para dichos personajes y para las personas que vivan en un contexto parecido. He sentido como propios la exigente responsabilidad de Hannah, la desazón de Elliot , la necesidad de oportunidades de Holly, la juventud y búsqueda de aprendizaje de Lee, la pegajosa torpeza de Mickey...

Porque ocurre, que al menos yo en esta película y seguro una gran mayoría, hemos pasado por las etapas por las que pasan los personajes interpretados en la misma. Y cada uno habrá vivido a su vez las experiencias del otro, ya que forman parte de la manera de ser de la figura humana anclada en una absurda monótona, inexplicable e inabarcable urbanidad. En eso destaca Allen, en acoger la realidad y trasladarla en pantalla con una genialidad que conmueve. Puede acertar de pleno o puede errar, pero lo intenta y es su método, y es por ello que los que le adoramos, siempre seguiremos siendo fieles como él lo es a su estilo.

Decía en Manhattan, cuando Woody hablaba con su novia en el film, que en la vida hay ciertas cosas por las cuales merece la pena vivir. No recuerdo actualmente los ejemplos que puso más allá de Bergman, Sinatra o Armstrong, y prometo enmendarlo en posteriores posts. Pero, igualmente, por su innata capacidad para tocar mi alma, con una obra maestra como Manhattan o con esta de Hannah, no puedo más que seguir, desde hace ya mucho, rendido a sus píes y remarcar su nombre en esa lista de pequeños detalles imprescindibles para seguir respirando. Un genio.

Después de ver esta película y en especial una de las más bellas escenas jamás filmadas, sólo puedo despedirme con las palabras finales de E. E. Cummings. "...Nadie, ni siquiera la lluvia, tiene manos tan pequeñas".


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