La equivalencia infantil

Written on 20:15 by Zemo

Hoy ha sido de esos días en los que uno se levanta única y exclusivamente para hacer recados y quedar bien con terceros. Por la mañana he podido pasar la ITV con el coche y me he dado cuenta de que estoy algo oxidado por la falta de conducción (me bailaban las piernas un poco) y he acompañado a mi madre para comprar rápidamente en el Carrefour Express los cuatro caprichitos tontos que siempre tiene que haber en la despensa.

A mediatarde ya tocaba algo más serio y adulto. Ayer murió la mujer del vecino del 1ºC y dado que además soy el presidente de la escalera y ella fue la pescadera de la plaza en la anterior etapa en la que viví en Vilanova, ya tenía decidido ir a presentarle mis respetos en su funeral y mis padres se han sumado a ello.

La iglesia estaba a reventar, la reverberación del sonido no era muy buena y sin duda los tres éramos los más elegantes de los asistentes al entierro (al menos de los visibles desde nuestra posoción). Realmente me he sentido decepcionado por ver a ciertas personas yendo a un acto como este en chándal o con la típica ropa de calle de viernes noche. Dado el calor que hacía, la inmensidad de gente que allí estaba y el muy poco probable hecho de que pudiéramos hablar con el viudo para darle muestras de apoyo, decidimos irnos, porque en este tipo de ocasiones también es bueno dejar espacio.

Aproveché para ir a ver a Penny, pero dado que era aún algo pronto, me senté en los bancos de una plaza adyacente a la del ayuntamiento y observé a los pájaros y a los transeúntes, fijándome en esos detalles que normalmente pasan desapercibidos. De pronto, aparecieron dos madres con sendos hijos (niño y niña) que tenían la misma edad y uniforme. Estos se sentaron junto a mí en el banco (había cuatro vacíos. ¿Conocéis a Murphy? Me cago en él), haciéndose los remolones y empezando a vociferar hasta tal punto que creí que los tímpanos se iban a salir de mi cuerpo. Pero bueno, estaba elegantemente cansado, así que me limité a mirarles sabiendo que aunque dijera algo, no podría cambiarles en absoluto ni me respetarían más.

Gracias a la insistencia de las madres, se fueron a otro de los cuatro bancos y empezaron a jugar entre ellos. Cada vez que ellas les decían que tenían que irse, gritaban "¡No! ¡No!" y seguían jugando a algo que sólo críos de esa edad (¿Cinco años?) pueden entender. Yo contemplaba con media sonrisa la situación mientras una de las madres me miraba con ojos cómplices. Y a la más pelirroja de las dos, se le ocurrió una "brillante" idea. Dijo en voz alta al crío "Me han dicho algo, ¿Quieres saber qué?". Los niños replicaron inmediatamente al unísono, "¿Quién? ¿Quién?" y decidieron acercarse curiosos. Se produjo una conversación que no pude atinar dada la distancia pero que pude deducir luego.

Rápidamente, la niña empezó a gritar "¡No! ¡No!" y se fue al mismo banco del que había salido corriendo antes, para tumbarse, gimotear y patalear bocabajo como si estuviera en su cama. El niño, de mofletes sonrojados, esgrimía una sonrisa nada leve y unos ojos asombrados. De la titubeante respuesta del niño, supe darme cuenta de qué hablaban:

- No, no. Tienes que quedarte con una - decía una de las madres.
- ... Las dos - respondió el avispado niño.
- Tienes que quedarte con una - repetía la madre.
- ¡No! ¡No! ¡Yo quiero uno! - gritaba la niña desde el banco.

La otra mujer, cogió lo que parecía un bolo con "arenisca" dentro, como la de los peluches que mantienen su forma, y empezó a señalar a la niña y a empujarle con él, "picoteando". La conversación de arriba volvió a repetirse con dos matices: El niño quería dos "novias" y decía los nombres de ambas, y la que probablemente fuera su madre le decía que mejor quedarse con la que "ya tenía" en referencia a la niña para así poder irse a casa, pues estaban retrasándose.

El chico quería dos novias, la joven quería al menos uno. En definitiva: Qué grandes son los niños.

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Ah, la tarde con Penny ya es historia para otro día.

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